Roma es siglos de historia esperándote a la vuelta de la esquina. Pero también es mujeres bellas y glamorosas, hombres piroperos como en ningún otro lugar. Roma es adoquines que fueron transitados por aquellos que marcaron el destino de occidente. Los mismos adoquines que hoy no le dan tregua a tus pies cansados, pero que igual no impiden que las romanas luzcan tacos altos. Roma es monumentos entremezclados con una ciudad viva, pero también bocinazos, ruido de moto y peatones que cruzan mal. Es el Tevere, con sus puentes, esculturas de Bernini, árboles frondosos y basura en la orilla. Es iglesias, calles perdidas, encantos escondidos, piazzas, fuentes donde todos toman. Pasta al dente, pizza al taglio, porchetta, gelatto, nutella, panacota, tiramisu. Es un capuchino cada mañana. Y amor. Roma es amor.

Roma es siglos de historia esperándote a la vuelta de la esquina. Pero también es mujeres bellas y glamorosas, hombres piroperos como en ningún otro lugar. Roma es adoquines que fueron transitados por aquellos que marcaron el destino de occidente. Los mismos adoquines que hoy no le dan tregua a tus pies cansados, pero que igual no impiden que las romanas luzcan tacos altos. Roma es monumentos entremezclados con una ciudad viva, pero también bocinazos, ruido de moto y peatones que cruzan mal. Es el Tevere, con sus puentes, esculturas de Bernini, árboles frondosos y basura en la orilla. Es iglesias, calles perdidas, encantos escondidos, piazzas, fuentes donde todos toman. Pasta al dente, pizza al taglio, porchetta, gelatto, nutella, panacota, tiramisu. Es un capuchino cada mañana. Y amor. Roma es amor.

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Los caminos imposibles y barrosos se abren ante la mirada del flaneur: rojos contrastantes con un cielo más azul que el de otras provincias. Los cables, a veces considerados estorbos, aquí tienen la función estética de brindar seguridad: unen pueblos perdidos. La Rioja invita a los caminantes a que construyan senderos nuevos. 

Los caminos imposibles y barrosos se abren ante la mirada del flaneur: rojos contrastantes con un cielo más azul que el de otras provincias. Los cables, a veces considerados estorbos, aquí tienen la función estética de brindar seguridad: unen pueblos perdidos. La Rioja invita a los caminantes a que construyan senderos nuevos. 

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Cuando Oriente y Occidente se unen nace una suerte de realismo mágico. Algunos también lo llaman Sevilla.

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A veces Madrid implica un parate para el paseante observador. Levantar la vista y mantenerla en alto. Dejarse asombrar por una arquitectura imponente para después poder concentrarse en los detalles. Algo similar le sucede con Buenos Aires. No en vano las siente ciudades primas.

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Conocer una ciudad implica también encontrarse en sus sabores. Y qué mejor lugar que el mercado de la Boquería para eso. La paseante se pierde entre la variedad de especias, jamón, frutas, verdura, mariscos. El mejor momento de un viaje es cuando se tiene la certeza de que hay tanto por delante. Tanto por probar, tantos sabores por conocer. La tarea de abarcarlos a todos es tan imposible como la de visitar a todas las ciudades del mundo. Pero el desafío es motivador.

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Lejos de las avenidas, pequeñas calles separan apenas los grandes edificios. La gente del Sur es más ruidosa, más demostrativa. Por momentos parece una caricatura de si misma. El fútbol emana por los poros de la ciudad: souvenirs de Maradona, comentarios sobre Messi. La flaneuse no puede evitar evocar la italianidad de la que hablaba Barthes al analizar semiológicamente la publicidad de los fideos Panzani. 
De algo no quedan dudas: Nápoles está viva. 

Lejos de las avenidas, pequeñas calles separan apenas los grandes edificios. La gente del Sur es más ruidosa, más demostrativa. Por momentos parece una caricatura de si misma. El fútbol emana por los poros de la ciudad: souvenirs de Maradona, comentarios sobre Messi. La flaneuse no puede evitar evocar la italianidad de la que hablaba Barthes al analizar semiológicamente la publicidad de los fideos Panzani.

De algo no quedan dudas: Nápoles está viva. 

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El sol baja y los farolitos se van prendiendo de a poco. Sus luces se reflejan en los canales. Es lunes y luego de las seis queda poca gente en la isla. La flaneuse escucha el retumbar de sus pasos cuando sube y baja las escaleras de los pequeños puentes que unen la ciudad. Es muy fácil perderse en Venecia, no hay mapa que pueda prometer lo contrario. Por momentos la paseante se distrae con los colores que emanan del cristal de Murano. Por momentos, intranquila por las sombras de lo desconocido, recuerda el final trágico de “El placer del viajero”. Una de las obras menos recordadas de McEwan hoy se grava en su memoria. “Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comunidad familiar de la casa y de los amigos. Se está en continuo desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, los sueños, el mar, el cielo, y todo tiende hacia lo eterno o a lo que imaginamos de la eternidad”. 

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En Granada nuestra caminante se siente protagonista de “Las mil y una noches”. Con un falafel en la mano camina por las estrechas callecitas del barrio árabe. Los olores, las voces, los colores la remiten a una cultura que le resulta tan ajena como fascinante. Pero lo más curioso es que por momentos se vuelve a encontrar de nuevo con España. Como cuando entró a aquella tienda árabe a pedir por un falafel y el dueño, antes de prepararlo, le entregó una bolita de verdura con salsa. Ante el desconcierto de la paseante, le aclaró: “una tapa”. Entre risas, la viajera tuvo la certeza de que España se inmiscuye hasta en los rincones más orientales de la ciudad.

En Granada nuestra caminante se siente protagonista de “Las mil y una noches”. Con un falafel en la mano camina por las estrechas callecitas del barrio árabe. Los olores, las voces, los colores la remiten a una cultura que le resulta tan ajena como fascinante. Pero lo más curioso es que por momentos se vuelve a encontrar de nuevo con España. Como cuando entró a aquella tienda árabe a pedir por un falafel y el dueño, antes de prepararlo, le entregó una bolita de verdura con salsa. Ante el desconcierto de la paseante, le aclaró: “una tapa”. Entre risas, la viajera tuvo la certeza de que España se inmiscuye hasta en los rincones más orientales de la ciudad.

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Le habían advertido a la flaneuse que llegar a una ciudad de noche podía ser difícil: la sombredad nocturna, la inseguridad, el frío inhóspito.  Pero al dar las primeras vueltas por Roma encontró a sus calles pobladas de luces y colores entre la solemnidad de lo antiguo. Y jamás se sintió tan bienvenida como aquella noche.

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Toledo asfixia a la flaneuse con sus tonos oscuros, sus calles estrechas, sus adoquines pesados, las armaduras que resaltan en toda casa de souvenirs, sus tejas gastadas, su catedral gótica. Pero cada tanto entre asoma un poco de cielo, un recorte azul que contrasta con la ciudad. Y eso es suficiente para que la paseante respire hondo y continúe su recorrido.

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